Los actos,
políticas y aspiraciones que están siendo expresados y promulgados en sectores
de la comunidad ultraortodoxa, junto con predicciones apocalípticas sobre su
rápido crecimiento demográfico, han hecho que muchos se pregunten si la
síntesis entre lo judío y lo democrático está siendo amenazada.
Lunes, 27
febrero 2012
Escrito por
Donniel Hartman
Tal como se
expresa tanto en su carta fundacional, la Declaración de Independencia, y a
través de la voluntad de la mayoría de sus habitantes, es un hecho que Israel
debe ser un Estado judío. Por judío quedan implícitos dos elementos centrales:
el primero, de naturaleza práctica, que la mayoría de sus ciudadanos son
miembros del pueblo judío; el segundo es la legitimidad de integrar las
tradiciones, cultura, valores, y hasta en algunos casos, legislación judía, en
las estructuras públicas, políticas y legales de la sociedad.
En tanto los
derechos de las minorías no judías de Israel estén protegidos y el inalienable
derecho de los individuos a la libertad religiosa esté preservado, estos
principios de un Estado judío pueden coincidir con otra aspiración constitutiva:
ser un Estado democrático.
Los actos,
políticas y aspiraciones que están siendo expresados y promulgados en sectores
de la comunidad ultraortodoxa, junto con predicciones apocalípticas sobre su
rápido crecimiento demográfico, han hecho que muchos se pregunten si la
síntesis entre lo judío y lo democrático está siendo amenazada.
¿Cómo ha
sucedido que un segmento menor de la sociedad israelí pueda amenazar y minar la
identidad de un país en contra del deseo de las mayorías? ¿Cómo es que se ha
creado una realidad en que muchos israelíes y judíos alrededor del mundo creen
que su país les está siendo robado? Está claro que la democracia en Israel no
es una prioridad para la comunidad ultraortodoxa, a menos que sirva para sus
intereses y necesidades en momentos propicios. Sin embargo, su relativamente
insignificante tamaño como colectivo en el presente debiera hacer de ellos un
fenómeno mucho más manejable y benigno, por lo menos hasta que, y si, la
demografía cambie radicalmente.
Para
entender el actual aprieto israelí se requiere reconocer que el lugar y el rol
que ocupan y juegan los ultraortodoxos en la sociedad israelí han sido determinados
por un complejo abanico de decisiones y políticas que deben entenderse si
queremos tanto comprender la realidad actual como diseñar el futuro. Cometemos,
creo, un error fundamental cuando culpamos a los ultraortodoxos y los
presentamos solamente como un grupo que manipula un sistema político
deteriorado de modo de poner a Israel de rodillas y sucumbir a sus deseos.
Como una
minoría, el secreto de su éxito y poder yace en la manera en que es percibida,
y de hecho tolerada, por la mayoría. Argumentaría que el origen del desafío
impuesto por los ultraortodoxos a Israel como un Estado judío y democrático
está en primer lugar en el fracaso de la gran sociedad israelí en definir para
sí misma el significado y los límites de lo judío en el Estado judío.
En lo que
hace a ciudadanía judía, el Estado de Israel adoptó la definición más
pluralista y tolerante en la historia judía. Siguiendo a las Leyes de Núremberg,
la ley israelí determina que cualquiera que fuera perseguido por su judaísmo
tiene derecho a ser ciudadano en la patria del pueblo judío. Como resultado de
esta definición, descendencia matrilineal o patrilineal, conversión al judaísmo
a través de cualquiera de las corrientes reconocidas, estar casado con un judío
o tener un abuelo judío, son todos requisitos suficientes para otorgar la
ciudadanía israelí. El problema, y de hecho el fracaso, del Israel moderno es que
este estándar de pluralismo y tolerancia no fue aplicado a la otra parte del
judaísmo de Israel, o sea, un lugar donde las tradiciones, los valores y las
leyes puedan ser integradas a la esfera pública.
En lugar de
limitar estas expresiones a zonas del judaísmo donde existe unanimidad de
opinión o por lo menos un amplio consenso, los israelíes les dieron la
autoridad de determinar estas cuestiones a los ortodoxos. Como una expresión de
la ambivalencia sionista hacia el judaísmo tradicional, especialmente en sus
formas «religiosas», los israelíes no ortodoxos cedieron su voz y su lugar en
la mesa, permitiendo a otros determinar políticas en asuntos en que muchos de
ellos se sienten ajenos. Mientras el precio no fuera muy alto los israelíes
estuvieron dispuestos a vender su derecho por nacimiento en lo que hace al
judaísmo en el ámbito público. Al hacer esto, no sólo se alienaron ellos mismos
sino que se mostraron dispuestos a violar principios fundamentales de una
democracia liberal, que garantiza los derechos y libertades inalienables de los
individuos.
Hasta el día
de hoy la Corte Suprema de Israel utiliza la Ley Básica de Dignidad Humana y
Libertad, una especie de constitución israelí, para proteger los derechos de
las minorías y la libertad política, pero nunca la ha utilizado para minar el
singular poder y la dictadura del Rabinato israelí en asuntos de matrimonio,
divorcio y conversiones. La «invasión» ultraortodoxa en los asuntos públicos no
es el resultado de su creciente poder sino de la perpetuación de una pasividad
por parte de la sociedad israelí en lo que tiene que ver con lo judío en la
vida pública en Israel. La gente puede quejarse, pero eso sólo conduce a culpar
a un tercero, y nunca señala la falla fundamental que se ha consolidado en la
expresión de lo judío en Israel. Si hay un deseo, alcanza con una elección para
revertir la realidad y el statu quo actual.
La segunda
característica definitoria del lugar de los ultraortodoxos en la sociedad
israelí es como una minoría, casi como una minoría étnica separada del resto de
los ciudadanos del país. El sionismo aspire a crear un nuevo judío y un nuevo
judaísmo y los ultraortodoxos no tenían lugar en ese futuro. Así como los
ultraortodoxos temían asimilarse, los israelíes temían que su ideología influyera
la naturaleza del nuevo y moderno Estado. A los ultraortodoxos se les permitió
e incluso alentó a formar sus propios guetos con la esperanza de que un día
simplemente desaparecerían.
Para
preservar su identidad fue creado un sistema de prestaciones, en tanto «ellos
nos dejaran vivir». Mucho se ha hablado abogando por un servicio militar
completo y la integración en el mercado laboral por parte de la comunidad
ultraortodoxa. Pero la verdad es que la mayoría de los israelíes no ortodoxos
no quieren ultraortodoxos en su lugar de trabajo ni vivir con las consecuencias
de su integración en unidades militares.
El «error»
de los ultraortodoxos en el contexto de este plan fue que no desaparecieron; al
contrario, se multiplicaron. Lo cual se ha convertido en una suerte de trampa
sin salida: no los queremos en nuestra fuerza laboral, pero ya no podemos
sostener su desempleo. Su tamaño como grupo determina que deban integrarse como
miembros contributivos de la sociedad israelí, pero la verdad es que la mayoría
de los israelíes quieren que cambien ya sea antes de integrarse o como
resultado de la integración.
La sociedad
israelí debe comenzar una nueva conversación, pero no solamente con los
ultraortodoxos, sino que primero y sobretodo consigo misma. Esa conversación
supone confrontar la realidad de Israel como una sociedad judía multicultural,
y por supuesto Israel como una sociedad multinacional. Debemos aprender a
pensar y hablar sobre los derechos de las minorías y los espacios que deben
tener para cultivar sus distintivas identidades religiosas, culturales y
nacionales.
Simultáneamente,
sin embargo, debemos comenzar a pensar sobre los límites del multiculturalismo
y multinacionalismo en Israel. Debemos pensar no sólo en los derechos de las
minorías sino también en los de las mayorías. Los derechos fundamentales de las
mujeres, las minorías y los judíos no ortodoxos, así como el compromiso con la
democracia e Israel como el hogar nacional del pueblo judío deben convertirse
en valores constitucionales que ningún grupo o ideología pueda ignorar o
pisotear. Ser parte del Israel moderno significa no sólo aceptar los beneficios
de sus recursos económicos y militares sino aceptar sus principios centrales.
En suma,
debemos reconocer que ser un Estado judío y democrático no será sólo el
resultado de una declaración sino la consecuencia de una política y un discurso
bien pensados. Ser un pueblo soberano implica que, en lugar de culpar a
terceros, uno asuma sus responsabilidades.
Fuente: www.tumeser.com
Traducción: www.israelenlinea.com

