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| Ramon and kibbutznik kids, Kibbutz Ketura |
Sábado 28 de enero de 2012
Jana Beris | Corresponsal | El Universal
ARAVÁ, Israel.— Esta región sureña parece otro país... Apenas se sale de Jerusalén, el paisaje cambia y se agudizan las modificaciones a medida que se baja hacia el sur. El ruido desaparece y prevalece la calma, el silencio.
El viaje hacia la Aravá y ya en la misma, puede desesperar o provocar admiración, por la imponencia de esta zona tan árida o por los saltos de color verde y las altas palmeras que la adornan.
Pero en medio del desierto, hay oasis de actividad febril. Uno de ellos es la comunidad colectiva, kibutz Ketura, situada a unas tres horas de viaje de Jerusalén. Al entrar, hablar con su gente, escuchar sobre todo su abanico de actividades, es fácil comprender la lógica de un dicho hebreo que afirma: “Aguas silenciosas cavan profundo”. Agua aquí no hay mucha, por cierto, pero sí gente que trabaja duro y cree en lo que hace.
El kibutz se mantiene de una diversidad actividades: cultiva dátiles y vende exitosamente 400 toneladas por año; vende 9 mil litros de leche por día de sus 550 vacas (que producen a pesar del calor, ya que en el verano las duchan cuatro o cinco veces por día para mantenerlas frescas), tiene un ramo fuerte de educación regional, un área turística y habitaciones para alquilar y una fábrica muy poco común. Se trata de la planta de algas hematococus pluvialis, de fuerte color rojo, que se exporta casi en su totalidad y se usa en el exterior para preparar agregados alimenticios, remedios y cosmética.
El proceso mismo despierta gran interés. Y es fácil captarlo de sólo observar los largos tubos en los que se “cultivan” las algas... que son primero de color verde claro, luego verde oscuro y que cuando captan que se les bajó la cantidad de agua tienen una reacción química por la cual se convierten en algas rojas…
En las tierras de Ketura, un tanto hacia el sur, hay toda una revolución. Siemens Israel construyó allí la primera gran estación de energía solar del país, que ya está produciendo, conectada a la red nacional, aunque aún no ha sido inaugurada formalmente. En un lugar así, en medio del fuerte sol, cabe preguntarse por qué Israel no lo hizo antes…
Miembros del kibutz explican y muestran el lugar, y hablan orgullosos.
Entre el tambo, la planta de algas y el Instituto Aravá que funciona en Ketura, en el que árabes y judíos estudian juntos sobre el desierto, están los dos camellos que parecen buscar cómo besarse, la lavandería con los carteles de cada tipo de ropa para que cada uno coloque lo suyo según la categoría necesaria y pueda luego venir a buscarlo (otro servicio colectivo del kibutz) y está también Matusalén… No, no es el original nombre de ningún miembro ni mascota, sino de un árbol, cercado y cuidado, que creció de una semilla de hace dos mil años, de la cual deriva su nombre.
Atrae aspirantes
Ketura fue creado hace 38 años, en 1973, en medio de no pocas dificultades. Tiene hoy aproximadamente 150 miembros, otro tanto de gente que aspira a ser aceptada como tal y 180 niños, hijos de los “javerim”, palabra que significa, simbólicamente, tanto miembro como amigo.
“Es una comunidad pluralista, igualitaria, ideológica”, nos explica Yuval Ben Hai, un joven de 32 años que espera ser aceptado pronto como miembro formal de Ketura, aunque ya vive hace un tiempo en el lugar y se siente uno más. Llegó al kibutz por el amor a una joven que conoció afuera, que es de Ketura. Hoy no tiene dudas de que el amor se extendió y lo siente también por la zona y el marco en el que está viviendo. “La gente alrededor es clave, muy especialmente en una zona así, donde si se está solo, no se puede llegar lejos. Hay que saber apoyar y recibir apoyo. Y este kibutz es lo ideal”.
Pero esto va más allá de una sensación personal. Es una elección comunitaria. Es que Ketura es uno de los kibutz que optó por mantenerse fiel al modelo colectivo original del lugar, algo que hizo aproximadamente la tercera parte de las comunidades de este tipo en el país.
La era de creciente individualismo en la sociedad israelí cambió el socialismo puro y absoluto del kibutz de años atrás, por modelos en los que muchos de los servicios están privatizados. Pero Ketura quedó apegado a lo anterior, salvo en cosas muy pequeñas.
“Esto significa que el sueldo de cada miembro entra a una caja central del kibutz —inclusive si se trabaja fuera de Ketura— y que el kibutz vela por las necesidades de cada uno, salud, educación, alimentación, todo lo que precisa”, nos explican. No hay diferencias en el reparto, salvo en lo que depende de los años que hace que cada uno está en el kibutz.
En el comedor colectivo hay tres comidas por día y la enorme mayoría de los “javerim” desayuna, almuerza y cena en comunidad, aunque hay también quienes prefieren a veces hacerlo en sus casas. Ello ha llevado a que algunos comenten que “no es justo” que todos tengan el mismo presupuesto, pero el kibutz como comunidad frenó el intento de cambiar ese aspecto, convencido de que, de lo contrario, comenzarían a resbalarse por una colina que conduciría a la plena diferenciación interna. “Aquí me siento en casa”, comenta un joven que vino de la ciudad y está limpiando un camino con compañeros. “Esta calma me llena el alma... y ya casi me olvidé del ruido de Tel Aviv”, agrega sonriente.
Pasa un amigo con la cabeza cubierta con “kipá”, el solideo de los judíos observantes. En cambio, muchos otros a su alrededor no la usan.
Un clima plural
Este es otro tema en el que Ketura es singular. “No queremos pertenecer a ninguna corriente formal dentro del judaísmo”, explica Yuval.
“Somos pluralistas, respetamos el descanso del shabat y la comida kasher, según los preceptos del judaísmo, en las áreas públicas, pero no imponemos nada a nadie... y sabemos que podemos convivir con distintos matices”.
El respeto a las tradiciones judías es importante y permite a observantes y seculares convivir, aunque probablemente los más ortodoxos no podrían hacerlo, porque aquí no hay rabino sino que la comunidad se va turnando para leer la Torá y hombres y mujeres se sientan juntos en el servicio religioso, entre otras cosas.
En medio de esta variedad de actividad y de observancia religiosa, hay otro gran amor: a la naturaleza. Basta con tomar un segundo de tiempo, pararse en algún sitio en medio del kibutz y mirar alrededor, para captar lo singular de la zona y lo fuerte del paisaje. Lo observamos y pensamos: no es fácil… hay que amar mucho la vida en un lugar así, y lo que la naturaleza da en la zona, para poder convertir esto en el hogar. Y eso parecería que es lo que siente, justamente, la gente de Ketura.
Fuentes:
1) http://www.eluniversal.com.mx/internacional/76301.html
2) http://www.ketura.org.il/
3) http://www.yearcourse.org/2010-2011/negev/life-on-kibbutz-ketura/
4) http://www.keren-kolot-israel.co.il/html/staff.html
5) http://www.greenprophet.com/2011/02/israel-solar-licenses/
6) http://www.heybrian.com/travels/israel/kibbutz_ketura.php
7) http://israelity.com/2008/06/10/5265/

Ya van quedando pocos así. Hace mucho tiempo leí como convertían pedregales en vergeles y eso con escasez de todo, incluida el agua y como fueron imprescindibles para la defensa de Israel. Antes estaban fuertemente ideologizados. Todo cambia.
ResponderSuprimirSaluditos.